Torero Mexicano

Juan Silveti
Esbelto, de goma elástica, 
con otra luz y otra plática
vino el torero de México,
con su sabor de onomástica
y su novedad de léxico.

Y aunque se ve que es el mismo
cañamazo y alfabeto
hay un dechado, un guarismo
de sismático bautismo
y defendido secreto.

Sólo una Meca, un Califa,
entre el Roncal y Tarifa
quiso el padre del toreo.
un solo premio en la rifa
el hijo de Zebedeo.

Y una india matriz concibe,
más allá del mar Caribe,
un chamaco –¿un héroe, un golfo?–,
y lo cristiana y lo inscribe
con el nombre de Rodolfo.

El nuevo Martín Lutero
ya se estira y se apersona,
y se estiliza, altanero.
¡Qué elegancia de torero
la de Rodolfo Gaona!

Pues su quiebro de rodillas
y su larga y su verónica,
su tercio de banderillas,
merecen, no estas quintillas,
otro Bernal y otra Crónica.

Lámina pura de oro,
flexible, sonora, huera,
riza y desriza ante el toro
el azteca meteoro de la sagrada gaonera.

De pecho con la derecha
va a ser el pase que estrecha
Menfis, Aldamas y Bali,
hieratismo con sospecha
de pirámide o teocali.

Después, y ya en pleno cisma,
las dinastías honrosas:
los Freg –sangres generosas–
y los Armillas en prisma
de facetas espinosas.

Y Garza, que es ave rara.
¿Y Arruza? Si se alquitara
su sangre, si no se cruza
¿no es toda nuestra esa cara,
“veni–vidi–vici” Arruza?

Gerardo Diego