Los retratos viejos que se exhuman del rincón donde están guardados, nos hablan en el presente de realidades convertidas en polvo, de glorias que fueron, de triunfos desvanecidos y de ansias que, por estar muertas, no causan inquietud; y, examinando esas tres fotografías amarillentas de otros tantos picadores que desarrollaron sus actividades hace ochenta años, no sólo vemos desfilar como en sombras el cortejo de lidiadores de tal época, sino que nos sentimos impulsados a decir algo de lo que era la suerte de picar en aquellas calendas.
Si admitimos lo que refieren cronistas e historiógrafos, siempre ha andado descompuesta la máquina tauromáquica, sobre todo en lo que atañe al primer tercio de la lidia, pues ya en 1862 escribía don José de la Tixera en su obrita las Fiestas de Toros, que a los picadores del siglo XVIII les mataban las reses menos caballos que a los de aquel tiempo.
Pero hace falta saber cómo picaban aquellos varilargueros a quienes llamaba antiguos el señor de la Tixera.

Nosotros nos lo figuramos, leyendo viejos textos, y podemos afirmar que, si hoy se picara como en tal época, los aficionados más conspicuos serían los primeros en rechazar el procedimiento.
Mas no hemos de remontarnos a tan considerable altura, pues, habiendo fijado nuestra atención en esas tres fotografías, nos situaremos en el año 1857 y tomaremos algunos textos del concienzudo crítico, don José Carmona y Jiménez, publicados en la revista Boletín de Loterías y de Toros. He aquí lo que escribía lo mismo de la corrida efectuada en Madrid en 8 de junio del expresado año, en la que Cayetano Sanz, el Lavi y el Ponedero (José) estoquearon seis toros de Aleas:
“El señor Gobernador o sus delegados deben multar a los picadores que no cumplan, como desgraciadamente se ve, poniendo puyazos en los encuentros, espaldilla, costillas, etcétera, y casi ninguno en el morrillo; pero no debe mandar que salgan a los medios de la plaza, cuya orden es contraria al arte de torear, y por consecuencia, inadmisible. El servicio de caballos, muy regular. ¡Así lo estuvieron los picadores! Pican bajo, rasgan los toros, no se unen al caballo, toman las suertes terciadas…”.

Ocho días después, en ocasión de estoquear Cúchares, Cayetano y el Lavi reses de Veragua, escribía esto otro:
“No me ha gustado, ni creo conveniente, ni en armonía con el arte, que los picadores salgan a poner puyas al centro de la plaza.”
No era circunstancial aquello de que Carmona y Jiménez se lamentaba; respondía a un estado que tenía carácter crónico, y así le vemos, año tras año, lanzar anatemas contra la forma de picar. Un año después, al ocuparse de la corrida del 5 de abril de 1858, se expresaba así:
“Estas reglas (las de colocarse el espada detrás del estribo izquierdo del picador para hacer el quite) tienen su exacta aplicación si el picador entra al toro de frente, que, por desgracia, no se observa, puesto que generalmente entran de costado.”
Y ocho días más tarde publicaba esto:
“Desgarraron Calderón y Charpa y todos entran terciados en la suerte.”
¿Pues y estas substanciosas líneas referentes a la corrida efectuada el 3 de octubre de 1859, en la que tomaron parte Cúchares, Cayetano y el Tato?
“Ya no se pica, sino se acosa, rasga la piel y se plantan puyas bajas. Si sale un toro que pegue algo, se ve instantánea confusión en toda la cuadrilla; marcha ésta en guerrilla y hasta alegran al bicho los mozos de caballos.”
Exactamente igual que hoy, aunque lo contrario digan algunos trovadores que hablan a bulto del pasado.

Pues si dejamos a Carmona y Jiménez y recurrimos a Garisuain Blanco, el severo censor que escribía El Mengue, veremos que predicaba de esta manera en el año 1868:
“Creemos que el primer espada debe prohibir a los picadores que agarren los toros por las espaldillas o por el pescuezo. Tampoco debe obligarlos a picar fuera de la suerte natural, ni que lo hagan en las querencias…”
Para saber la verdadera verdad… valga el pleonasmo… de lo que era el toreo en otros tiempos, no hay nada como beber en las fuentes de los periódicos antiguos incontrovertibles pruebas documentales sobre las que debemos edificar la Historia.

Esos tres patilludos picadores: Bruno Azaña, Mariano Cortés y Antonio Osuna, florecieron en los tiempos a que se refieren los textos de Carmona y Jiménez que antes transcribimos; sus retratos no nos avivan recuerdo alguno, porque no conocimos tan remota época, y la única impresión que los mismos nos producen es la de considerar que aquellos bizarros toreros de a caballo podrían ser más duros que los de hoy, porque picaban toda la corrida y sufrían muchos más porrazos; pero no eran mejores que los que pican en nuestros días.
Don Ventura.
Publicado en la revista “Torerías”
Madrid, 26 de enero de 1936.
