Un gran lidiador.
Méjico, invariablemente, envía todas las temporadas una remesa de toreros hacia España, para que los de allí aquí definan y consoliden decididamente la personalidad que a cada cual corresponde ostentar en el toreo, para su orientación y situación definitiva.
Pues bien; pocos suelen ser los que, de una manera unánime y terminante, quedan definidos y situados en puestos de notorio relieve de entre las figuras de la andante torería. Pero he aquí uno que, desde el primer instante, quedará catalogado como un gran lidiador: Fermín Espinosa, «Armillita».
Gran lidiador, por su capacidad, por su suficiencia, por su variedad y… por su calidad.
Torero, en suma, de esos que «no se pasan», que no se agotan tan fácilmente, porque es de los pocos que puede decirse —sin que en ello pueda haber exageración alguna— lo es de «pies a cabeza»; esto es, de cuerpo entero, porque el toreo lo asimiló íntegramente e interpreta a la perfección.
Fermín Espinosa, «Armillita», alto él, quizá desgarbado por la excesiva talla, hállase dotado de soltura, desenvoltura en sus movimientos de piernas, talle y brazos, que le faculta de suma facilidad para la realización de cuantas suertes del toreo que practica.

Desde el lance de tanteo, para frenar y recoger al toro primero y torearlo después a placer, hasta el último lance —el remate—, manda sobre el toro con plena seguridad, dando la sensación máxima de suficiencia, de arte y de dominio.
Variado es su toreo de capa: de la verónica a los adornos —producto de su inspiración de lidiador genial— más originales.
Con las banderillas, maestro, que le caracteriza como torero completo, cuyas suertes todas del toreo no tienen secretos ni dificultades para él.
De fina escuela, incluso en esa suerte, garboso, tranquilo, sabiendo incitar al toro, llegarle unas veces, cuando no esperarle, por reservado que sea o por codiciosa que fuere su embestida. En todo momento demuestra la calidad magnífica de rehiletero que entusiasma por su pasmosa facilidad en esa suerte, durante los instantes culminantes en que el torero, solo, desde cualquier terreno, frente al toro, a cuerpo limpio y garapullos en mano, burla con matemática precisión a la res, tras colocar, hábil y certero, las banderillas, que quedan prendidas firmes.
Con la muleta se supera aún más «Armillita», como lidiador maestro, como gran torero.
Es quizá —y hasta podríamos asegurarlo con el «no cabe duda de ningún género»— con lo que más categóricamente ha definido su personalidad toda de torero excepcional, como gran lidiador.
Toreo el suyo, muleta en mano, que sabe dar a cada toro lo que requiere y precisa por sus condiciones de lidia, sea manso o bravo, fácil lo difícil, suave o bronco.
Fermín Espinosa, «Armillita», es, en fin, muletero completo, por lo acabado y perfecto de su toreo.
Y, por si no fuera esto suficiente, junto a su capacidad —que es suficiencia y consciencia— asume el arte —que es estética, naturalidad, facilidad—, y ni qué decir tiene el dominio —que es mando, seguridad, tranquilidad— con que imprime a sus faenas, que le han definido o caracterizado, como lo que es, como un gran lidiador.

Su suerte favorita, lo potencial de su toreo, es el pase natural con la izquierda.
El pase natural de «Armillita» es algo de asombro, por lo admirablemente bien que sabe echarse la muleta a la mano izquierda, cogiéndola por el centro mismo de su palo, llegar así al toro, con suprema decisión, y… obligarlo.
Instrumenta el pase natural parando, en principio, la embestida del toro, dejándole se empape bien en los vuelos del engaño, dando después a la suerte todo el temple que el torero quiere, mandando, conservando a la res en el terreno justo que le corresponde, rematando para ello el pase perfectamente, a fin de poder dar uno, dos, tres…, cuantos pases naturales quiera el torero, siempre mandando sobre el toro de una manera magistral.
La multitud espectadora tiene, por fuerza, que, ante ese alarde de maestría de que hace gala este torero, rendírsele en espontáneo tributo de admiración, prorrumpiendo en estentóreos y locos clamores de entusiasmo, que se suceden atronando en el espacio los «¡oles!» que son exacto reflejo de la emoción y admiración que causa su toreo.
Así es, queda palmariamente evidenciado, con el pase natural de este torero, la calidad y cantidad de su toreo, que le acredita, aunque sólo fuere por ésto, de un modo terminante, como todo un gran lidiador, a Fermín Espinosa «Armillita».
Publicado en el Semanario Tauros, Madrid, 3 de junio de 1935.

