“¿Tú no has visto al gallo?”

La popular novela “La vida inútil de Pito Pérez” de José Rubén Romero es un gran ejemplo de la literatura costumbrista del México de la primera mitad del siglo XX. En un divertido pasaje muestra la influencia de los toros en la vida diara de aquel entonces.

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Hay truhanes de buena suerte a quienes todo les sale bien, y pícaros sin fortuna como nuestro amigo Jesús Pérez Gaona, que no dijo mentiras y nadie creyó en su palabra; que no mató a bicho viviente y todos huyeron de él como de un asesino; que se ingenió para comer y no pasó de ser un muerto de hambre; que buscó el calor de un cariño y halló el desprecio de todos y la indiferencia de todas, al grado de decir con ironía: mi mano será mi propia viuda. Pero de nada sirve hacer el análisis de sus desgracias. Le basta y le sobra con su desventura.

Comienzo, pues, mi relato:
Pian, pianito, llegó una vez Pito Pérez a la calle en donde vivía. Había prometido no beber y llevaba ya dos largas y cruentas horas sin quebrantar su palabra, resistiendo a los ruegos de don Alipio, tentación envuelta en una capa dragona que le salió al paso, al cruzar frente a la tienda del Venadito, no porque así se llamara el almacén sino porque así le decían a su dueño.

– Pito Pérez, lo invito a un amargo de cidra con botana de ubre de res.
– ¡Ay, don Alipio, no me tiente usted con la ubre, y lo amargo del caso está en que hice promesa de no beber en seis meses, sin fuerzas para resistir seis horas!

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Con las manos en los bolsillos del pantalón, bolsillos sin fondo que le permitían rascarse cómodamente las rodillas, silbando un paso doble muy de moda, “Machaquito”, entró Pito Pérez a la calle del Querendal, en donde sin escudo nobiliario, ni amplias cocheras, ni ferrados portones, alzábase su residencia. Eran las 12 de la mañana y de los zaguanes salía el olor de los guisos, como un pregón de bienestar y de abundancia: de la casa de las Correas, el apetitoso perfume de los chiles puestos a asar para rellenarlos; del portal de doña Cándida el aroma penetrante de un lomo de cerdo que se retorcía en la cazuela, como un relapso, condenado a fuego lento. Por la puerta de Lola Molina escapaba el olor de la miel, a punto ya para los bocadillos de coco, y del curato salía a la calle, como una fina esencia del paraíso, el olor del chocolate que se torteaba en aquellos momentos y que, como el sándalo, pagaba con perfumes los golpes que recibía. Abrid bien las ventanas de vuestras narices para que gocéis con Pito Pérez del banquete de tan capitosos olores. Él invita y, por supuesto, él paga, que saboreando sólo con el olfato ningún dispendio sufrirá su bolsa.

El señor Pérez fijó su mirada distraída en un magnífico gallo búlique, que movía la cresta gallardamente, como un banderín comunista, y que caminaba finchando el pecho y el ojo retador, lo mismo que un político con fuero, deteniéndose aquí y allá; aquí, para probar el filo de su pico de ágata en la esmeralda de una piedra musgosa; allá, para batir con sus patas como enguantadas con su propia piel, el limo de un charco, pareciéndole chico el mar para hacer un buche de agua. Por instinto de conservación –claro que de lo ajeno– Pito Pérez comenzó a arriar el búlique, primero con las manos, cautelosamente, y después a gritos y a sombrerazos.

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El gallo daba traspiés, se enredaba en sus espolones como un don Juan tolondrón, embarullado con su propia espada y, aquí viene la frase hecha, se engallaba al mirarse tratado de tan despectiva manera. Pito Pérez no tenía un plan preconcebido, pero al llegar a la puerta de Filogonio el sastre, con brazos y piernas cercó al gallo y lo hizo meterse en la sastrería, revolando pesadamente sobre la hornilla de la plancha, sobre la mesa del corte y sobre la calva de Filogonio que chillaba con voz de modista:
–Asilénciate, Pito, que este animal me saca un ojo.
Tuércele el cuello al cisne de nevado plumaje –díjole Pito Pérez a Filogonio–. No es cisne, ni nevado, pero hagamos un mole con el interfecto. Tú pones los ingredientes y yo el cuerpo del delito. Y chitón, para que su dueño no lo reconozca por el olor que despida al sazonarse. Al oír la sentencia, el gallo se desplomó, como suelen hacerlo en la hora postrera los valientes profesionales. Filogonio echóle mano a la golilla y apretó, apretó, hasta que en el espasmo final abriéronse las alas de la víctima, como esos abanicos de seda que en la danza que lleva su nombre, cubren las partes sedosas de la bailarina desnuda. Después de pelar el gallo, salió Pito Pérez de la sastrería, silbando “Machaquito” y al llegar al zaguán de su casa encontró a su hermana Herlinda quejándose muy acongojada de que habían dejado la puerta del corral abierta y se le habían salido todos los animales.

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–Jesusito, ¿tú no has visto al gallo?
Pito Pérez comprendió de qué gallo se trataba y pensó con inusitado remordimiento que, por primera vez en su vida, se había robado a sí mismo, pero esto no fue óbice para que con presteza contestara:
–Madre Herlinda, yo solamente he visto torear a Gaona.

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Y entró en su casa reflexionando que, a cambio de comerse el bípedo, había contraído moralmente una nueva obligación: la de consolar a las gallinas para que no extrañaran la muerte de su amante y colectivo esposo…

 

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