La luz y el color en la pintura de Sorolla

Joaquín Sorolla. Corrida de toros.1890 [ca]. Acuarela y pastel

Cuando Sorolla, tras honda y profunda meditación juvenil, nace a la vida del arte, la pintura española, decadente ya en estilo tras un pasado glorioso, está en ese momento crucial y de gran trascendencia que precisa de un reactivo enérgico que la vigorice y fortalezca. El ambiente predominante ya de transformaciones en los finales del siglo XIX es propenso a los cambios radicales de sistema y de métodos. El arte quieto, reposado y tranquilo de lo académico ha llegado ya a su cúspide, a ese instante en que no cabe ya un mayor virtuosismo técnico. Un cambio brusco, total y efectivo se dejaba sentir, era ya una necesidad apremiante del estilo, de la estética que no admitía una continuidad que, a ser sinceros, empalaga el ambiente. No quiere esto decir, ni mucho menos, que nos sintamos detractores de nuestra pintura romántica, apropiada a su momento a fuerza de sinceridad, pero si que aquello no nos iba a nuestro carácter, a nuestro temperamento, hecho a las innovaciones, a la lucha, a la que tan propensos somos los españoles; pero hemos de confesar que si los Madrazo y todos los pintores de la inmediata centuria, con todas sus excelentes bondades, los encontramos un día pasados de moda, ello era debido a que, en realidad, a nuestro espíritu, tendente a lo novísimo, no nos decía nada, porque en un análisis, aun superficial, descubríamos que la pincelada que se entregó a una excesiva insistencia chocaba abiertamente y en extrema anomalía con los preceptos básicos que fueron norma de los artistas que heredaron más directa y cronológicamente el espíritu revolucionario del 93, que conmovió los cimientos todos de la vida artística, política, social y literaria de la vieja y tradicional Europa.

Estudio para Antes de la corrida. 1900 [ca] Gouache, lápiz y tinta (a pincel y en aguada)

Fueron precisos hombres nuevos para un arte nuevo, y lo revolucionario, en un salto de generaciones, enlazó a Goya con los modernos impresionistas que, sacudiéndose la remora del preciosismo, buscaron en la luz y el color del ambiente, del escenario natural, en el paisaje y en las escenas, en el marco vigoroso de la naturaleza, el motivo o el tema reproductor del arte. Y Joaquín Sorolla, valientemente, juvenilmente, dió la pauta rompiendo los viejos moldes, la pintura de receta, con una cura de aire libre, en el que el oxígeno vital, fuente de la vida, daría una nueva tonalidad al cuadro. No hablemos, no, de los modernos impresionistas franceses. Sorolla —y en esto no nos ciega el patriotismo— se anticipó a todos ellos, y en lo que los demás no era sino un tanteo, un a modo de ensayo, un afán teórico y aparente, en Sorolla se convirtió en realidad. Había llegado el momento y se precisaba un hombre que dirigiera esta gran manifestación de la sensibilidad y del gusto, y Sorolla, frente a su mar levantino, frente a la serenidad multicolor y deslumbradora mediterránea, en contacto con la vida pescadora y marinera, empezó sus grandes lecciones de arte, dejando en la tela, como herencia de su temperamento, la más grande y auténtica revolución pictórica de los últimos tiempos, que abrirá un nuevo cauce o camino a todas las generaciones subsiguientes. Y si Goya fué maestro insuperable de los juegos de color. Sorolla y Bastida lo fue de la luz y de las tonalidades. Nadie como él supo recoger la luz hermanándola con el color hasta cegar nuestras pupilas con una catarata deslumbradora de efectos lumínicos hasta entonces insospechados e incomprendidos. Sorolla, con sus soberbios desnudos —uno con un fondo de mármoles y otro de rasos nacarados—, se enfrenta con Goya de la Maja, y a casi un siglo de distancia rectifica, en una lógica y natural evolución, al más grande pintor que últimamente conoce la Historia.

Suerte de varas. 1914. Gouache

Mas no creamos que esta tendencia sorollesca se muestra en las obras de playa. Su técnica la trasplantó al retrato, que de las opacidades melancólicas del estudio —romanticismo y abulia de aquellos años medios— pasó a las suaves claridades del modelo, cabe una atmósfera de sana concepción, henchida de un espiritualismo moderno. Era luz y era sol. era salud moral lo que Sorolla llevaba en las pupilas. Cuando sus ojos se abren a la vida es luz y sol lo que su percepción infantil recoge de su contorno. Valencia baña su alma, su corazón y su espíritu de colores mediterráneos, y Sorolla, fiel a lo que la naturaleza ha impreso en su ánimo, dase a pintar, como una necesidad de su espíritu, pletórico de maravillosas creaciones de belleza. Así están hoy sus ojos quietos y dormidos en su monumento, al través del arte de su fraternal paisano Benlliure, soñando nostalgias marineras frente a la playa valenciana de la Malvarrosa, oyendo sus oídos las caracolas del mar, oteando su vista el paisaje infinito de las aguas que bañaron sus telas, el «Mare Nostrum» de Blasco Ibáñez besando casi su basamento o plinto como una postrer caricia, caricia póstuma y diaria al elegido que cantara sus grandezas, y que, al amparo de una firma insigne y a un arte glorioso, lo llevara en nubes de incienso al través de los más grandes museos y colecciones del mundo. Allí, frente al mar, sus ojos miran sin ver, pero su alma toda rebosa en aquellas cuencas vacías, mientras su mano, febrilmente creadora, aun busca con los pinceles los colores de su paleta, donde se deben reflejar, como una supervivencia retrospectiva, los toros y la luz, la luz celeste de su Valencia nativa, que aun le rinde su homenaje el momento del orto o del crepúsculo, con un rayo solar que, como un beso suave y calenturiento de paz, acaricia su frente serena y despejada de ídolo y su faz ennoblecida por el arte y curtida ya a todos los vientos.

Mariano Sánchez de Palacios

Publicado en El Ruedo. Semanario gráfico de los toros. Año VIII. No. 345.
Madrid, 1 de febrero de 1955.


Joaquín Sorolla con traje de luces. 1885 [ca]. Positivo antiguo: Gelatina DOP