Lorenzo Garza

Lorenzo Garza

La fiesta taurina es, ante todo, espectáculo de emoción.
Si la emoción falta, pierde lucimiento, y, en consecuencia, interés la fiesta, que languidece, resultando monótona, aburrida…
Para ser torero, lo primero valor…; sobre ésto, todo lo demás, hasta llegar a caracterizarse como lidiador de excepción.
Pues bien; he aquí un torero: Lorenzo Garza, verdadero arquetipo del lidiador de la emoción.
Con decir esto, basta ya para saber es torero que interesa, que atrae, que sugestiona, porque es capaz de promover lo que no tan fácilmente hacen los demás toreros: emocionar.
Quienes espectadores son de una de esas faenas de Garza en la que haga pleno derroche de lo esencial y potencial de su toreo, «se sienten impelidos a gritar enardecidos y a aplaudir hasta hacerse daño en las manos». Tal es el entusiasmo que causa Lorenzo Garza con su modo y manera de hacer el toreo, que, incluso, no es posible de describir para que puedan formarse idea los que no le hayan visto en sus tardes de éxito, ya que, como dijera uno de los más significados críticos, «el dramatismo que envuelven las faenas de Garza no es sencillo de transcribir…»
Es torero que, para creer, hay que verlo. Ni más ni menos que esto.
¿Buen torero? ¿Mal torero?
¿Para qué discutir?
Hay que verlo.

Lorenzo Garza

Lidiador del que se ha dicho «causa la emoción de la inseguridad…»
Él, con su toreo de emoción intensa — espectadores hay que han jurado que si no tuvieran bastante equilibrado el sistema nervioso, no le verían torear—; sin embargo, en los más culminantes instantes de su actuación — cuando , muleta en mano, obliga al toro a tomar el engaño desde inverosímil terreno—, era sensación de inseguridad que se le achaca por el valor que le echa a los toros, él mismo—Lorenzo Garza—, sin esperar a que sea el espectador el que reaccione por sí, se encarga de devolverle la tranquilidad, en un alarde de pasmosa serenidad y sugestionable simpatía, apenas instrumentó esos muletazos, pues sin apartarse del toro vuelve el rostro hacia el público, sonriente, como dando a entender que «no sucedió ni pasará nada», y como interrogando si los gritos que a sus oídos le llegaron acompasando las suertes que ejecutara, eran de admiración o de mera emoción… ¡De ambas a la vez: susto y entusiasmo!
¿Inseguridad? No. ¿Cómo podría si no sonreírse de la manera que lo hace Garza? Y es que Lorenzo Garza es torero que supo definir «su» personalidad, y por eso ahora, conscientemente, quiere acreditarla manteniéndola, y aun, si cabe, agigantarla.

Lorenzo Garza

Esto ya es mérito más que suficiente.
Más todavía puede decirse de este lidiador: que es torero de contraste en todo y por todo. Tan pronto se embarulla y encoge o desconfía, como se yergue, anda muy suelto y da la máxima sensación de confianza en su valer, que, para él, es el valor lo que le da mayor significación.
Su contraste, precisamente, es lo que le hace ser torero de expectación. Prueba elocuente de ello que, al figurar su nombre en los carteles, lleva una multitud que acude a la plaza, llenándola, en espera de verlo sonriente, emocionado, sin emocionarse él lo más mínimo… por muy cerca que se pase los toros.
Es, en suma, un elemento muy necesario para la fiesta, puesto que la imprime de ese «algo» imprescindible para que sugestione y entusiasme como ningún otro espectáculo: la emoción.
Y Lorenzo Garza es eso: emoción.

Texto publicado en el semanario Tauros. Madrid, 29 de abril de 1935.

Lorenzo Garza